VIAJE A BULGARIA Y GRECIA

Donato Fernández Navarrete

Catedrático de Economía Aplicada

Como miembro del equipo de trabajo del proyecto de investigación que dirigen los doctores D. José Luis Neila Hernández y D. Pedro Antonio Martínez Lillo, que lleva por título “Imágenes y percepciones. La inserción de España en el mundo actual”, he realizado un viaje a dos Estados de la Unión Europea: Bulgaria y Grecia. El citado viaje ha tenido lugar entre el 13 de octubre y 12 de noviembre de 2015 y su finalidad ha sido la de observar la situación socioeconómica de dichos países y la imagen que sus habitantes tienen de España. He elegido estos dos países por el peculiar perfil que presentan en la actual situación de crisis económica: en el caso de Bulgaria, por ser el Estado más pobre de la Unión; y en el de Grecia, porque, se supone, que tras su tercer rescate por la UE, es el  que en mayor grado la está padeciendo.

El método de trabajo que he seguido ha sido el de observación directa de la realidad. He visitado, durante varios días en cada uno de ellos, puntos geográficos concretos que he estimado representativos de su situación socioeconómica. He intentado tomar contacto directo con la gente de la calle con el fin de observar las principales actividades económicas que desempeñan, los productos que se venden en los mercados locales, los medios de transporte que habitualmente utilizan, el estado de conservación del entorno urbano, la situación que presenta el medio rural, etc.; y, naturalmente, el grado de conocimiento y percepción que tienen de España: de sus productos, de sus servicios, de las empresas españolas radicadas en su país, etc. Una visión sintética de lo que he percibido en ambos países se ofrece a continuación.

 Bulgaria

Mi viaje a Bulgaria transcurrió entre el 13 al 28 de octubre de 2015 y la estancia la he repartido básicamente entre sus dos ciudades más populosas y de mayor pulso económico: la capital, Sofía y la segunda ciudad en población, Plovdiv; también he visitado durante dos días la ciudad de Veliko Tornavo situada en el centro del país que fue la primera capital de Bulgaria (en el Segundo Imperio Búlgaro: 1185 a 1393). Desde estas tres ciudades he realizado cortos viajes a los pueblos y lugares circundantes para observar su estilo de vida.

Bulgaria, el país simbolizado por la imagen del león, figura que aparece por todas partes, incluso su propia silueta geográfica se asemeja a este animal, es un pequeño Estado de solo 111 mil Kms2, una quinta parte de España (equivalente a la superficie conjunta de Andalucía y Valencia), con una población que, en 2014, era de 7,3 millones de habitantes, poco más del 15% de la española (próxima, aunque algo menor a la de Cataluña) y un PIB que, en dicho año, se situó en 42.750,9  millones de euros (aproximadamente el 4,1% del español y poco mayor que el de Canarias).

Bulgaria es actualmente el Estado más pobre de la Unión Europea y su situación económica no es brillante y le costará muchos años en remontar porque su transición del sistema de planificación centralizada y de propiedad pública de los medios de producción al capitalismo, ha sido complicada. Su atraso económico obedece a muchos factores, entre ellos a carencias básicas en su infraestructuras técnicas (carreteras, ferrocarriles, puertos y aeropuertos), así como la ausencia de un tejido empresarial sólido que no se ha desarrollado aun porque necesita de mucho tiempo y esfuerzo; y también por falta de recursos financieros debido a que la capacidad de ahorro interno es muy reducida y tampoco ha llegado suficiente inversión del exterior. A pesar de contar con una mano de obra bastante cualificada y laboriosa, su productividad es muy baja debido a la escasa tecnificación de muchas de las actividades económicas.

El salario medio de los búlgaros se sitúa actualmente en torno a los 400 euros/mes y el coste de la vida es, aproximadamente, la mitad que el de España. Tras su acceso al capitalismo, en este país se ha producido una dualidad social importante: una minoría se ha enriquecido de manera importante mientras que la inmensa mayoría de su población se mantiene a nivel poco más que de subsistencia; es decir, aun no se ha consolidado una clase media estable. Esta situación ha obligado a muchos búlgaros –más mujeres que hombres- a emigrar a otros países. En torno a un millón de búlgaros vive fuera de su país, lo que equivale a más del 12% de su población total; los países más importantes de destino son Turquía, España (con unos 173.000 ocupa el segundo lugar), Alemania, Grecia, etc. La sangría que supone la emigración unido a la baja tasa de natalidad, implica que el crecimiento demográfico búlgaro, sea negativo: Bulgaria tiene actualmente medio millón menos de habitantes que hace 10 años.

En el aspecto social se aprecian claramente tres cortes generacionales: el primero está representado por las personas mayores que vivieron el comunismo, un régimen al que muchos silenciosamente añoran por entender que les proporcionaba los bienes y servicios de primera necesidad de los que en parte hoy carecen; el segundo segmento lo representan los comprendidos entre los 30 y 65 años, los que han vivido a caballo entre el comunismo y el capitalismo y que la transición ha convertido en personas con un presente y un futuro incierto por su precaria situación laboral y bajos salarios; y los jóvenes, los que han nacido después de la etapa comunista –la generación del inglés-, que se identifican plenamente con el estilo de vida occidental, aman la libertad aun cuando su futuro también sea complicado por las dificultades de encontrar trabajo en su país y más aún que esté convenientemente remunerado.

Bulgaria goza de excelentes condiciones naturales –en particular un régimen pluviométrico bastante equilibrado- lo que le permiten estar bien forestado –tal vez el de mayor densidad de árboles la Unión- y tener una población bien distribuida en su territorio, en el que abundan los pueblos pequeños conjuntamente con unas cuantas ciudades de dimensiones medianas: sólo 7 de ellas superan los 100 mil habitantes; dos, Plovdiv y Varna, los 300 mil; y solo una, la capital, Sofía, rebasa, en poco, el millón. El estado de conservación de los edificios en los núcleos urbanos es, en general, bastante deficiente y también llama la atención, incluso en las ciudades más importantes, el escaso alumbrado público que existe -con la excepción de algunas de sus principales calles-; y el mal estado de conservación del pavimento de carreteras, calles y aceras. El medio de transporte más desarrollado y el generalmente usado por los búlgaros, es el autobús, con una buena red de conexiones al menos entre las principales ciudades; el sistema ferroviario está mucho menos desarrollado y los trenes son viejos y lentos.

En el entorno rural es constatable el predominio de una sociedad agraria en decadencia: extensos campos sin cultivar, escasa densidad ganadera y numerosas viviendas abandonadas por sus antiguos ocupantes que han emigrado al extranjero o ciudades más grandes buscando mejores oportunidades de empleo. La mayor parte de las viviendas de los pueblos y las pocas diseminadas que existen, cuentan por lo general con pequeños huertos cultivados de hortalizas, algunos frutales y parrales; en fin, una reminiscencia de su pasado comunista que muestra que el autoconsumo es todavía un componente básico del modelo alimentario búlgaro; un modelo, por lo demás, muy centrado en el consumo de productos ganaderos: carne y lácteos, destacando entre estos últimos el queso y principalmente el yogur de reconocida fama internacional; sorprende el escaso consumo de pescado y sobre todo de frutas en la dieta habitual de los búlgaros.

Como ocurre para tantos otros países del Este europeo, en occidente se ha extendido el tópico de la inseguridad ciudadana en Bulgaria. Mi experiencia personal me permite afirmar que no lo he apreciado en ningún lugar de los que he visitado; por el contrario, me ha parecido una sociedad bastante acogedora; y también solidaria, como ya demostró en la Segunda Guerra Mundial negándose su gobierno a entregar a los nazis los judíos que allí vivían y que también fueron protegidos por la población.

Una de las cosas que sorprenden en Bulgaria es que, a diferencia de otros países del Este que también pertenecieron a la Unión Soviética, existe una gran simpatía por la sociedad rusa; simpatía que viene de lejos y que obedece a que los rusos liberaron a los búlgaros del Imperio Otomano al que derrotaron en la guerra de liberación de 1877, convirtiendo a Sofía, en 1879, en la capital del nuevo principado autonómico búlgaro. La presencia del sobrio –y feo- estilo soviético se percibe en los complejos de viviendas sociales que se construyeron en los suburbios de las ciudades, en particular en Sofía; también se simboliza en los nombres de iglesias, calles y plazas, que son abundantes. Actualmente las relaciones políticas y económicas entre Bulgaria y Rusia continúan siendo excelentes y muchos rusos continúan disfrutando, como antaño, de sus vacaciones en las costas búlgaras del Mar Negro.

España es muy poco conocida por los búlgaros, como igualmente nos sucede a la mayoría de los españoles con Bulgaria, lo que obedece a las limitadas relaciones históricas que han existido –y prácticamente así continúa- en entre ambos países, a pesar de su pertenencia de ambos a la Unión. En la vertiente económica, los intercambios comerciales en bienes y servicios (incluido el turismo) son todavía escasos y también lo son las inversiones que España realiza en dicho país. En el caso de las empresas, la presencia española, es mínima: se reduce a unas pocas asesorías jurídicas de inversiones, a unos tres hoteles de las cadenas Barceló, Iberostar y Meliá en el Mar Negro,  a algún restaurante de nombre español en Sofía –propiedad de búlgaros, que no sirve ningún plato típico español, ni nadie habla nuestro idioma-, al alquiler de algunas fincas para cultivar hortalizas o alguna empresa constructora o textil. La principal muestra visible de una empresa española es Zara, que cuenta con un establecimiento en el centro de Sofía, pero que muchos búlgaros no la asocian con España. Tampoco es excesiva la de otros países aunque si es apreciable la de Alemania, Francia, Italia o Estados Unidos. Resulta hoy curioso observar que a los grandes símbolos del régimen comunista -en definitiva, la presencia del poder soviético-, que se concentraban en unos cuantos edificios muy significativos y contiguos en el corazón de Sofía –el palacio presidencial, la antigua casa del partido comunista, etc.-, tras la desintegración de la URSS y la plena independencia de Bulgaria, se ha añadido otro de la máxima representación capitalista: MacDonald.

La imagen de España entre los búlgaros es fuerte en tres aspectos muy concretos: en turismo, debido a los efectos de la televisión y de la opinión que transmiten los pocos búlgaros que han visitado España; en futbol, el Real Madrid y el Barcelona son muy conocidos –y mucho más sus jugadores más publicitados-, cuentan numerosos seguidores y los partidos más importantes suelen ser retransmitidos por televisión; y la proveniente de la colonia de inmigrantes búlgaros en España, que es muy importante y transmite sensaciones muy positivas. Mi impresión personal es que la presencia de empresas españolas sería muy bien recibida en este país ya que la simpatía hacia España es, en general, muy elevada.

Grecia

Mi viaje a este país transcurrió entre el 28 de octubre al 12 de noviembre de 2015. Mi visita se centró en dos lugares concretos: la capital, Atenas, en la que permanecí cinco días y el Peloponeso, región que he visitado en su práctica totalidad durante el resto de mi estancia. La elección de ambos lugares se ha debido a  considerarlos muy representativos de la sociedad y de la economía griega: en el caso de Atenas, por ser la principal ciudad del país y el centro político, administrativo y económico del mismo; y en el del Peloponeso, por ser una región que presenta una buena síntesis de Grecia: de su historia, de su cultura y de sus principales actividades económicas.

Grecia es un país de 132.000 Km2, unos 11 millones de habitantes y un PIB que, en 2014, se situó en 177,6 miles de millones de euros (un 16,7% del español y unos 20.000 millones menos que el de la Comunidad de Madrid). Es el país europeo más afectado por la actual crisis económica: entre 2008 y 2014 ha reducido su PIB en un 26,6% en términos nominales. Además Grecia fue el desencadenante –por la falsificación de sus estadísticas de déficit público durante más de una década- de las diferencias entre las primas de riesgo de los Estados de la Eurozona. Como consecuencia de la crisis y de su elevada deuda pública -173% de su PIB en 2015-, se ha visto obligado a ser rescatado en tres ocasiones por la Unión Europea entre 2010 y 2015, ha cuestionado la estabilidad de la zona euro -ha estado a punto de ser expulsado de la misma en 2015- y también está en el punto de mira de la ola de refugiados que entran desde Turquía huyendo de la guerra de Siria y de otros puntos de Oriente Medio. No obstante, los griegos son grandes europeístas porque no en vano Grecia es el corazón de la cultura y de la democracia europea y occidental. Sin Grecia, la Unión Europea se quedaría sin raíces históricas que la justificasen.

Mi impresión personal es que la crisis económica, con ser grave, los griegos no la perciben como un gran problema y la padecen con resignación a pesar de las frecuentes huelgas que se producen. La crisis se nota bastante en Atenas y al parecer en otras grandes ciudades como Salónica, pero mucho menos en las áreas turísticas como las islas o en las zonas rurales. Parece como si los griegos hubieran vivido siempre en crisis y endeudados con el exterior, por lo que no magnifican estos problemas. Ciertamente tienen un fuerte resentimiento frente a Alemania y los países centro-nórdicos de la Unión porque sus exigencias de reformas atosigan a la sociedad griega obligándola a sacrificios que consideran inmerecidos; en cambio, manifiestan una gran simpatía por Italia, Francia y España, a las que consideran sus aliadas naturales frente a los fríos y calculadores nórdicos.

Las relaciones económicas entre Grecia y España han sido tradicionalmente muy reducidas por lo que la crisis de aquella no afecta de manera importante a los intereses españoles, excepto por lo que respecta al reciente e importante endeudamiento público que ha generado frente a España a raíz de los rescates por la Unión Europea. En comercio donde el saldo es ampliamente favorable a España, las exportaciones que superaron los 2.700 millones de euros en 2008, tras la crisis han caído a la mitad situándose en 2014 en unos 1.300 millones; las importaciones, que en los últimos años han superado los 500 millones de euros, también han caído a poco más de 350 en 2014. Las inversiones directas que situaron en 1.122 millones de euros en 2008, cayeron a más de una cuarta parte en 2009 y desde entonces se han ido convirtiendo en prácticamente testimoniales (2,5 millones en 2014). En correspondencia con las limitadas relaciones económicas, la presencia de las empresas españolas en Grecia, es también muy escasa. Cabe señalar a la cadena de ropa Zara y otras marcas de Inditex que cuentan con unos 150 establecimientos repartidos por la geografía griega, y Mango con otra docena; las constructoras Ferrovial y ACS, gestionan la autopista Atenas-Salónica; Acciona e Iberdrola administran diversos parques eólicos en dicho país; y en el potente sector turístico sólo Barceló, Iberostar y Meliá, administran unos pocos establecimientos hoteleros en Grecia.

Cuestión diferente es el endeudamiento público de Grecia con España como consecuencia de los rescates por la Eurozona. En 2015 asciende a unos 26.000 millones de euros, entre créditos bilaterales y créditos avalados; el endeudamiento con bancos españoles es, en cambio, muy reducido. Pero los griegos no tienen una conciencia clara de deberle nada a España, como si ésta no hubiera puesto recursos financieros en los tres rescates que han tenido en los últimos cinco años. Ciertamente el pago de la deuda externa, que por supuesto no está entre sus prioridades, parece debérsela principalmente a Alemania, Austria, Francia y Finlandia. A España la consideran como otro paciente más de la crisis, un aliado político que en estos asuntos debe apoyar a Grecia en sus reivindicaciones. Y que conste que las simpatías entre ambas sociedades son mutuas.

El coste de la vida en Grecia es muy elevado, similar al de España, pero con una renta per cápita un tercio menor que la española. El griego está agobiado por la imposición indirecta, por la que paga cuando adquiere bienes y servicios en el mercado, cuyo IVA es del 23% del coste de la factura. En mi opinión, no tiene la misma conciencia de asfixia respecto de la imposición directa, de que el impuesto sobre la renta griega es muy injusto, que las grandes fortunas defraudan y no pagan lo que debieran; y algo similar ocurre en lo relativo al de sociedades y que, por ejemplo, las navieras están entre las grandes beneficiadas. En cambio, si son conscientes de que las pensiones son muy elevadas en relación a los salarios actuales –como media los superan-, que existe un considerable fraude en las mismas y que el número de funcionarios excede en más de 10 puntos porcentuales a los de la media de los países de la Unión. Pero todo esto se considera como derechos adquiridos a los que los griegos no están dispuesto a renunciar fácilmente. En definitiva, ofrecen considerable resistencia a los sacrificios que les exige la Unión.

Los griegos desconfían de su gobierno –cualquiera sea su color- y hasta de sus propias leyes, que no siempre se toman muy en serio como, por ejemplo, la prohibición de fumar en lugares públicos que casi nadie cumple. El gobierno de Syrisa cuenta, en general, con muchas simpatías pero también con muchos críticos, como es lógico ante las expectativas que se habían abierto y que naturalmente no se van a cumplir. Respecto de Alexis Tsipras muchos griegos entienden que es una nueva forma de gobernar muy diferente a los partidos tradicionales que han tenido en el pasado reciente, que hace lo que puede en una situación económica tan complicada como la que enfrenta. La popularidad de Tsipras es elevada y la mayoría lo considera un político serio, opinión que no se extiende a su exministro estrella, Yanis Varoufakis, cuya gestión en la cartera de Economía es muy discutida por considerarlo una persona altiva y de falta de realismo. El severo control de capitales (el conocido corralito) que los griegos han padecido durante tres semanas en el verano de 2015 (del 29 de junio al 20 de julio) para evitar la fuga de capitales, ha sido una medida que ha dejado huella. Actualmente, dicho control continua aunque su techo se ha elevado considerablemente, por lo que la sociedad ya lo nota poco; no obstante, todavía algunos establecimientos invitan a sus clientes a que realicen el pago en efectivo en lugar de con tarjeta de crédito, lo que no se debe tanto al ánimo de eludir impuestos como el evitar controles gubernamentales; es decir, ahorrarse comisiones bancarias y contar con liquidez para tener que recurrir lo menos posible a la ventanilla de los bancos.

En el contexto de Grecia, el Peloponeso es una buena representación de su cultura, de su historia y de su economía. Esta pequeña región de sólo 21.500 km2 (200 más que los que suman las provincias de Almería y Granada) y de poco más de un millón cien mil habitantes, merece ser visitada ya que en ella se sitúan algunas de las más viejas ciudades de Europa (caso de Argos, por ejemplo) y los yacimientos arqueológicos más importantes del mundo, como son los casos de Olimpia, Epidavros o Micenas. En mi caso me instalé por más de una semana en Nafplion, una pequeña pero hermosa ciudad de poco más de 33.000 habitantes que llegó a ser la capital de Grecia durante una década (1823 a 1834). Desde allí he visitado la mayor parte de esta Región.

El Peloponeso es una zona muy montañosa, en particular en su parte central donde abundan los valles bien irrigados, se asientan la mayor parte de la pequeña cabaña ganadera (mayormente ovejas y cabras) y las principales masas forestales; es la parte menos poblada y por supuesto la más pobre de esta Región. Las zonas más llanas y pobladas se localizan en el oeste y en el sur y en ellas abundan el olivar (en algunos lugares un monocultivo que recuerda a los campos de Jaén), los cítricos y la viña. Mi impresión personal es que existe cierto descuido en su cultivo (falta de laboreo, de escalda y limpieza de hierbas, etc.), lo que los lugareños atribuyen a la falta de mecanización y sobre todo al envejecimiento de los agricultores que no están siendo reemplazados por los jóvenes que prefieren otros empleos en centros urbanos.

El turismo es la principal fuente de riqueza del Peloponeso. Se localiza en toda la zona costera, que goza de magníficas condiciones climáticas y de una buena infraestructura para el desarrollo del mismo. No se han construido grandes complejos urbanísticos (ni en extensión ni en altura) y no se han deteriorado sus playas. En buen número de casos se han aprovechado los viejos edificios de los pueblos y ciudades para convertirlos en hoteles, por lo general pequeños y familiares. En mi opinión, esta inteligente transformación ha permitido conservar el medio ambiente de una forma magistral para no deteriorar el entorno, a diferencia de lo que ha sucedido en las costas españolas que han sido corroídas por la especulación. En el Peloponeso no se observa pobreza ni tampoco gran ostentación de riqueza. Lo que más me ha sorprendido ha sido observar lo cuidado que está el urbanismo donde nada desentona.

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